Ricardo llegó al entierro
acompañado de su padre. Recuerdo que trató de presentármelo, pero si me
preguntaran qué aspecto tenía, no sabría còmo contestar. Mi cuerpo en ese momento se estuvo
moviendo por inercia. Con Laura tomada de mí mano, entramos al salón donde
estaban velando a su padre. Las flores blancas y celestes adornaban todo el
lugar y una gran foto de Víctor, portando su caña de pescar precedía la lúgubre
estancia.
No pude ver el ataúd. El estomago se me revolvió con solo admirar la madera tallada de este en la
lejanía. Prefería tener la última visión de Víctor clavada en mi memoria, y los
recuerdos de aquellos días en los que él portaba su tierna sonrisa y el sonrojo
en su piel. Después de unas horas, los amigos de toda la vida cargaron el cajón
hasta el coche fúnebre, con mi padre entre ellos, y partimos al cementerio.
Vestimos a Laura, ya que ella estaba demasiado deprimida para hacerlo por sí
misma, y luego el tiempo pasó de una forma extraña.
Llegamos al
cementerio. La familia y los amigos le
otorgaron lindas palabras de despedida; Mariana, Citlalli y yo soplamos un beso
al ataúd cerrado-como antiguamente se los
soplábamos a Víctor en persona-. Laura, en algún punto
donde su cuerpo no resistió más, se desmayó y Ricardo la atendió con toda la
dulzura del mundo.
La gente comenzó a marcharse cuando las
primeras gotas de lluvia bañaron el cementerio; sin embargo, Mariana, Citlalli y
yo permanecimos allí con la madre de
Laura y los chicos. Terminé empapada y dolorida, con los ojos hinchados y la
garganta lastimada, pero no me importó. Fue un precio pequeño que pagar por no
haber estado con Laura desde el
principio en sus peores momentos.
Después de unas horas
me encontré tendida en mi cama, desvestida y temblando por el llanto. No
podía dormir, por lo que me levanté y caminé hasta el sillón de mi casa.
Recuerdo vagamente que Ricardo se ofreció a pasar la noche conmigo, pero lo
rechacé. No tenía ganas de ver a nadie más que a mis amigas. Pasé no sé
cùantas horas mirando vídeos de nuestras acampadas con Víctor, Laura, mi padre,
y yo. Rei con lágrimas en los ojos y echando de menos los tiempos en los que
las cosas eran fáciles, en los que Víctor estaba vivo y en los que con un
abrazo paterno y unas palabras adultas acababan todos los males.